lunes, 16 de noviembre de 2009

Regla, vida y eseñanzas del Temple

La regla de la Orden del Temple fue proporcionada por San Bernardo de Clairvaux, un abad cisterciense que se dio a la tarea de redactar las normas internas de los caballeros, de sus actividades, su forma de comportarse, su vestimenta, su música y hasta los alimentos que debían consumir.

La regla de los templarios era conforme a las normas del Cister, con ordenamientos muy estrictos que primeramente exigían tres votos básicos de los hermanos: Pobreza, obediencia y castidad. Además de ello, a los hermanos no se les permitía hablar “cosas superfluas y vanas” ni tampoco los chistes ni la hilaridad. No tenían permitido jugar a los dados o al ajedrez, tampoco podían salir de las fortalezas sin permiso de una autoridad superior ni dedicarse al comercio o la usura.

Vivían en completa abstinencia y humildad, sólo poseyendo dos camisas, dos calzas y mantos, siendo uno para invierno y otro para verano, una capa, una túnica, un cinturón de cuero, dos bonetes, un par de sandalias y un par de zapatos. Para la batalla llevaban el manto, la capa, una cota de malla, casco, escudo, una espada, un cuchillo para pan y otro de asalto, un hacha y una lanza. Se les proporcionaban hasta tres caballos para usar uno después de otro en caso que se cansarán o cayeran en batalla. A pesar de vivir en austeridad, la Orden era muy rica y tenía por obligación destinar la décima parte de lo que poseía en pro de los más necesitados.

Estaban dedicados a la oración y a la meditación mientras permanecían en los conventos y fortalezas de la Orden. En la batalla siempre eran los primeros en ir y los últimos en regresar, y luchaban con valentía y fiereza contra el enemigo, aunque tenían la obligación de mostrar piedad y misericordia de los heridos y los rendidos.

Cuando algún hermano moría, ya fuera en paz o en guerra, debían ofrecer cien padres nuestros y una misa hasta el día séptimo y dar bebida y comida a un pobre como si fuera el hermano fallecido por cuarenta días. Si un peregrino o caballero fallecía en sus instalaciones, debían alimentar a un pobre por siete días en ofrenda a Dios por el alma del difunto.

A la hora de comer, se hacía una oración de gracias y posteriormente se leían textos de la Biblia mientras todos comían en absoluto silencio, para posteriormente dar gracias Dios por todo de lo que disfrutaban. Tenían permitido comer carne hasta tres veces a la semana, siempre y cuando no fuera Semana Santa, día de Navidad, de la Virgen o de los Santos Difuntos, en caso contrario se alimentaban de legumbres cocidas o pescado.

Tenían permitido consumir vino pero con extrema moderación y tenían que guardar ayuno ciertos días establecidos. Tenían como obligación dar la décima parte de los alimentos a los pobres diariamente.

La vida monástica-militar, comenzaba cuando el aspirante pedía admisión a la Orden, se le hacían preguntas con respecto a su linaje, a sus pecados y a los sacrificios que debería hacer para entrar y al entrar; este proceso duraba un año, en el que el candidato tenía que ir diariamente a pedir la admisión, al término del año se le permitía el acceso como novicio después de realizar una muy significativa ceremonia de iniciación.

Posteriormente podría ir escalando según sus méritos y comportamiento en los puestos de la Orden, aunque todos los caballeros sabían bien que no debían ambicionar tener puestos sino servir a Dios y a la Orden a la que se habían consagrado.

Eran hombres de honor, y las personas de la época los consideraban guerreros santos, ángeles protectores y sobre todo, amigos dignos del trato de los hombres de bien, no importando si eran cristianos, musulmanes o judíos. Se sabe que eran muy respetuosos y tolerantes con otras creencias ajenas a la suya y que trataban a todos con justicia, no importando raza, sexo o religión.

El propósito fundamental de la Orden del Temple era el de crear una civilización dedicada a Dios, una cultura que tuviera los altos valores que ellos mismos profesaban: valentía, coraje, templanza, paciencia, sabiduría, honor, cortesía, amistad, respeto y tolerancia. Entre las ideas que evidentemente tenían, aunque de manera abierta no se mencionaban, estaba que creían en un Dios Único, Creador, Redentor y Salvador, contenido tanto en la religión cristiana como en la judía y el islam, entre muchas otras, creyendo de esta manera, en una sola Divinidad expresada de diferentes maneras.

Luchar contra el materialismo, la impiedad y la tiranía del mundo; defender la santidad del individuo y afirmar la base espiritual de la existencia humana eran algunos de sus propósitos fundamentales. Los soldados templarios eran soldados de Dios, por lo tanto, debían andar con Dios para cualquier actividad que desempeñaran, siendo más que simples hombres. Tenían la obligación de ser los caballeros y monjes más humildes, más nobles, más valientes, más caballerosos, más generosos, más honestos y los más corteses, superándose día con día y sirviendo a Dios y a la Orden por encima de todo.

Los Templarios: La Historia

La historia de los Caballeros Templarios comenzó hacía el año de 1118, después de la primer cruzada que había resultado exitosa para la cristiandad, cuando Hugo de Payns, noble francés, junto con otros ocho caballeros decidieron ponerse al servicio de la Iglesia en la misión de proteger a los peregrinos que viajaban de Acre a Jerusalén.

La Orden se vio apoyada en principio por San Bernardo de Clairvaux, un hombre noble y bondadoso que rechazó el papado para continuar con su vida de pobreza y humildad, a la manera de Cristo. Él recomendó la Orden enormemente al papa Honorio II, quién tenía a San Bernardo como un gran consejero, y dio su aprobación para crear la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, a semejanza de otra Orden: Los Caballeros del Santo Sepulcro.

Los nueve caballeros viajaron a Jerusalén, que se encontraba bajo el reinado cristiano de Balduino II, y ahí, el monarca les cedió la propiedad de la mezquita de Al-Aqsa, que estaba construida sobre parte de las ruinas del antiguo Templo de Salomón, para que fuera la sede de su Orden, que tomó el nombre completo de Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, aunque fueron mejor conocidos por la gente como Caballeros Templarios.

Durante nueve años, la Orden permaneció intacta, sin aceptar novicios ni nuevos reclutas. Aunque se dice que en esos nueve años se dedicaron a realizar excavaciones en la sede de su Orden, el antiguo Templo de Salomón. Lo que encontraron o no, es parte de esta gran leyenda que fueron los templarios. Jacques de Vitry escribiría un siglo más tarde acerca de esos extraños caballeros:

"Ciertos caballeros, amados por Dios y consagrados a su servicio, renunciaron al mundo y se consagraron a Cristo. Mediante votos solemnes pronunciados ante el Patriarca de Jerusalén, se comprometieron a defender a los peregrinos contra los grupos de bandoleros, a proteger los caminos y servir como caballería al soberano rey. Observaron la pobreza, la castidad y la obediencia según la regla de los canónigos regulares. Sus jefes eran dos hombres venerables, Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer. Al principio no había más que nueve que tomasen tan santa decisión, y durante nueve años sirvieron en hábitos seculares y se vistieron con las limosnas que les daban los fieles."

En 1127, Hugo de Payns viajó a Roma para recibir la última aprobación del sumo Pontífice y ser reconocidos como una Orden militar. Ya el rey Balduino II y el Patriarca de Jerusalén los habían reconocido como hombres de bien, y virtuosos que dedicaban sus vidas a la protección de los peregrinos ante las adversidades de los caminos, tales como ladrones, bandidos y bestias; y dieron su recomendación a San Bernardo y al sumo pontífice de la Orden.

Después de celebrarse el Concilio de Troyes, de gran deliberación por parte de obispos y cardenales, y del apoyo de San Bernardo, la Orden del Temple nació legalmente como una Orden monástico-militar, bajo las reglas del Císter, y bajo un reglamento ideado y redactado por San Bernardo, que pertenecía a dicha Orden.

A partir de la formación oficial de la Orden del Temple, muchos caballeros sin faltas buscaron ser admitidos en ella, aunque también buscaron su anexión muchos hombres pertenecientes a la nobleza que habían vivido en la lujuria, la ambición y el crimen, lo que pareció muy bueno a San Bernardo, que veía en este hecho la conversión del vicio en virtud.

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo creció de manera desmesurada por toda Europa, gracias al apoyo de San Bernardo y de otros abades amigos suyos, tales como Pedro el Venerable, abad del Cluny (la otra gran orden monacal aparte de la del Cister), el abad Suger de Saint-Denis, el prior de la Cartuja y Esteban Harding, abad del Cister, que recomendaron la Orden a lo largo de los reinos de la cristiandad. Sumado a ello que los principales miembros hicieron difusión personalmente, ante príncipes y reyes.

Tras la muerte de Hugo de Payns en 1136, ascendió al puesto de Gran Maestro Robert de Craon. Bajo su jurisdicción, el Papa Inocencio II dictó la bula Omne datum optimum en 1139, con la cual se estipulaba que la Orden del Temple no tenía autoridad mayor más que el mismo Papa, no teniendo que rendirle cuentas ni a monarcas ni iglesias locales, ni siquiera al Patriarca de Jerusalén ante el que habían emitido votos; tenían derecho a tener sus propios oratorios e iglesias y a reclutar a sus propios capellanes para los servicios religiosos; además los eximia de pagar diezmos y tributos, y por el contrario, les daba derecho a recibirlos.

Estos privilegios que había recibido la Orden fueron objeto de la envidia de otras Ordenes de Caballería, como los Caballeros de San Juan, también llamados Hospitalarios, y los Teutónicos, que aunque luchaban por causas similares, veían a los Templarios como contrincantes a vencer; además de los celos de obispos, cardenales y reyes que no recibirían ingresos de la Orden.

Debajo del papado de otros dos pontífices los Templarios continuaron conservando sus privilegios y los reforzaron, bajo Celestino II y Eugenio III, las bulas expelidas fueron Milites Templi en 1144 y Militia Dei en 1145.

Crecieron ampliamente gracias a sus feudos y a que eran muchas veces contratados por nobles y monarcas para proteger sus tesoros, palacios y tierras. Recibían cuantiosas donaciones para su causa y fueron los padres de los sistemas bancarios modernos, al instituir el primer sistema bancario.

Los Templarios fueron ampliamente reconocidos como luchadores y guerreros fieros, tanto en el mundo físico contra sus enemigos sarracenos, como en el reino espiritual contra las fuerzas demoníacas. Su fiereza en el combate era legendaria así como su nobleza, tanto con sus aliados como con sus “enemigos” musulmanes. Eran considerados por gran parte de los peregrinos como “ángeles protectores” y fueron considerados como ejemplos a seguir por caballeros de todas clases y por toda la cristiandad en general. Eran ejemplos de virtud, coraje, nobleza, humildad y generosidad.

En sus castillos y fortalezas admitían a todo aquél peregrino, noble o plebeyo, civil o caballero que pidiera asilo; y ofrecían servicios médicos a quienes lo requirieran. Destinaban buena parte de sus recursos a brindar alimentos a los más pobres y vivían dentro de sus monasterios en silencio, sin más sonido que el de sus voces orando y el de sus manos trabajando.

Algo que llamó mucho la atención a sus contemporáneos fue la gran tolerancia y respeto que mostraban hacía los “infieles” musulmanes y los “heréticos” judíos, a quiénes permitían participar en varias actividades dentro de sus fortalezas y a quienes protegían como a cualquier ciudadano cristiano. Incluso existen testimonios de que dejaban a los musulmanes rezar en la mezquita de Al-Aqsa, que era la sede de su organización.

Pero a pesar de su fiereza y genio militar, ni siquiera los templarios pudieron contener las fuerzas musulmanas del sultán Saladino, de Egipto, quien en la tercera cruzada expulsó a las fuerzas cristianas y tomó la ciudad de Jerusalén. En esta cruzada participaron reyes como Felipe II Augusto, de Francia; Federico I Barbarroja, del imperio germánico; y Ricardo Corazón de León, de Britania. Éste último, en su regreso a Inglaterra fue escoltado por un servicio de Caballeros Templarios, con quienes había hecho amistad, pero a mitad del camino despidió a sus protectores, muriendo a causa de una flecha de camino a casa.

Después de la cuarta y quinta cruzada, que fueron un fracaso, las abatidas fuerzas de la cristiandad se retiraron ante las fuerzas superiores de los sarracenos. Posteriormente, con el rey Federico II Hohenstaufen, se recuperaría la tierra de Jerusalén mediante acuerdos diplomáticos. Pero poco tiempo después, los soldados musulmanes retomaron la ciudad de manera definitiva. Los Templarios se retiraron a Acre y acordaron con el sultán un pacto de neutralidad en la ciudad, de manera que los cristianos pudieran asistir a ese lugar sagrado sin problemas.

Jacques DeMolay, 23º. Gran Maestro de la Orden organizó varias expediciones a Tierra Santa, logrando entrar a Jerusalén y venciendo las fuerzas del Sultán de Egipto, Malej Nacer, derrotándolo definitivamente en la ciudad de Emesa en 1299. En 1300 organizó otra incursión hacía Alejandría y estuvo a punto de recuperar la ciudad de Torsota para la cristiandad, de manos de los sirios.

Pero para el infortunio de las fuerzas cristianas en general, los sarracenos ganaron terreno y rápidamente las ciudades que los Templarios habían ganado, les fueron arrebatadas. Esto sucedió ya que solamente los Templarios y los Hospitalarios se encargaron de defender las ciudades, desprovistos de apoyo de otros reinados de la cristiandad.

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo tuvo la necesidad de reorganizarse. El Gran Maestro viajó a la ciudad de Chipre para realizar una serie de acciones con los Caballeros que estaban a su mando. Fue entonces que recibió el llamado del papa Clemente V que lo convocaba a él y a sus más altos mandos a viajar a París, Francia, para atender algunos asuntos.

El rey Felipe IV, “El Hermoso”, de Francia, tenía bastantes deudas con la Orden del Temple, encontrándose prácticamente en una crisis económica. Él había solicitado admisión en la prestigiosa Organización, recibiendo una negativa las dos veces que había pedido permiso de entrar, ya que según las reglas que tenían, ningún rey o señor podía alcanzar altos puestos que pudieran hacer de los templarios un ejército personal y de un solo reino. Esto le parecía al monarca, infame, y sumado a las deudas y la gran ambición que tenía, decidió hacerse con la gran riqueza de la Orden. Fraguó un plan junto con su consejero, Guillermo de Nogaret, para eliminar a sus deudores y obtener sus bienes.

Ya con anterioridad, el papado había caído ante los poderes del monarca francés. Bonifacio VIII fue víctima de un atentado contra su vida por parte del rey en 1303, ya que se negaba a que la Iglesia en Francia pagara tributo sin su consentimiento. Muriendo un mes después del incidente y tras excomulgar a Felipe y sus aliados, el papado lo asumió Benedicto XI, quien abolió la orden de excomunión para el rey francés, pero no para sus aliados. Para este entonces, la residencia oficial del papa se ubicaba en Avignon donde Francia podía vigilarlo de cerca.

El papa Benedicto XI murió víctima de envenenamiento por orden de Guillermo de Nogaret, consejero de Felipe IV, pero el monarca ya tenía listo al sucesor a la silla de San Pedro: Bertrand de Got; un amigo cercano suyo, quien tomó el nombre de Clemente V. Éste no era más que un títere del rey y una pieza clave en el exterminio del Temple, ya que Felipe IV lo convenció de las ventajas de destruir a la Orden para hacerse con las riquezas y poder que tenía, desafiando incluso, el poder del papado.

El viernes 13 de octubre de 1307, se dio la orden de aprehensión para los Caballeros Templarios, se ejecutó en la noche. El Gran Maestro fue llevado en bata de dormir a las cámaras de tortura de la Inquisición junto con todos los compañeros que atraparon sin oponer resistencia a los soldados, tanto del monarca francés como de la Inquisición, cosa que resulta extraña, pues los templarios eran conocidos por ser guerreros muy capaces y su rendición fue casi inmediata.

El proceso de los Pobres Caballeros de Cristo duró siete largos años, en los que se utilizó en gran manera la tortura física, que estaba a cargo del Jefe Inquisidor Imbert, confesor de Felipe “El Hermoso”. Muchos caballeros cayeron ante el sufrimiento aceptando los crímenes que se les imputaban, hubo algunos que incluso narraban una serie de historias inverosímiles con respecto a los cargos que se le hacían a los Templarios. Todos ellos eran novicios recién iniciados en la Orden sin suficiente conocimiento de la misma para poder hablar, aunque de todos modos lo hicieron, víctimas del dolor o de las recompensas ofrecidas por los torturadores y jueces.

Otros tantos murieron víctimas de los aparejos de la Inquisición, y varios murieron en la hoguera, todavía sin pruebas verídicas que los condenaran y sin previo juicio. "¡No me siento capaz de soportar ni un momento más esta amarga prueba... Díganme de lo que van a acusarme, señores comisarios, que estoy dispuesto a confesarme autor de la muerte del mismo Jesucristo!" eran palabras complacientes que oían los torturadores por parte de sus acusados templarios.

Jacques DeMolay cayó ante el suplicio de siete años de tortura, y admitió los crímenes de que se acusaba a la Orden, aunque jamás reveló la identidad de sus demás compañeros, la ubicación de sus riquezas ni los secretos de la Orden. Ante la falta de cooperación, monarquía e Iglesia decidieron sentenciarlo a él, junto a tres de sus preceptores, a cadena perpetua, veredicto que nombraron delante de Notre Dame de manera pública. A lo que el Gran Maestro proliferó:

“Justo es que en estos últimos instantes de mi existencia revele la verdad. Confieso por lo tanto, ante Dios y ante los hombres, que, para mi eterna deshonra, he cometido en efecto los mayores crímenes, pero únicamente cuando reconocí y confesé aquellos que una maldad muy oscura ha imputado a nuestra Orden: afirmo, como la verdad me obliga a constatar, que la Orden es inocente. Si alguna vez declaré lo opuesto, lo hice únicamente para finalizar los horribles estragos del suplicio y para conseguir la indulgencia de mis torturadores.

Conozco el castigo que me espera por las palabras que estoy diciendo; pero el horrible espectáculo que se me ha presentado con el destino de muchos de mis hermanos, no me llevará de nuevo a confirmar mi primera falsedad con otra; la vida que se me ofrece con tan nefasta condición, la dejaré sin sentimiento. ¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!"

La gente de Francia se enardeció al escuchar tal declaración. El pontífice y el monarca, furiosos, decidieron realizar una última intervención con los líderes templarios por medio de los jefes inquisidores que realizaron un pequeño juicio intentando que DeMolay aceptara los cargos verificando su anterior declaración de culpabilidad. Ante la negativa del Gran Maestre y el apoyo de Guy de Auvergnie a su líder, los inquisidores decidieron mandar esa misma tarde a ambos a la hoguera.

Aunque el papa Clemente V reconocía en las Actas de Chinon la inocencia de la Orden del Temple y sus miembros, librándolos de toda culpa y admitiéndolos dentro de los márgenes de la Iglesia Católica Romana, dichos documentos fueron escondidos para terminar con la Milicia de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón.

El papa y el rey francés se encontraban regocijándose porque habían logrado, en gran parte, su cometido. Pero a pesar de haber desarticulado a la Orden del Temple y de haber llevado a la hoguera a bastantes, no lograron obtener todas las riquezas y secretos que los templarios resguardaban. Aunque insatisfechos por tal situación, se mostraban felices presenciando el final del último Gran Maestre del Temple. Pero DeMolay dio una advertencia al monarca y al pontífice:

"Dios sabe quién se equivoca y ha pecado, y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad. Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!... A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año..."

Después de dichas palabras, DeMolay junto a Guy de Auvergnie murieron lentamente consumidos por el fuego, pero mientras ardían, hicieron lo que muchos hermanos suyos habían realizado antes en la pira, expiraron orando lo que Cristo había instituido a sus discípulos: “Padre nuestro que estás en los cielos…”.

Pero la bandera Templaria continuó ondeando en Europa, ya que sólo fue en Francia donde se les exterminó de principio a fin, aunque perduró bajo otros nombres y otras situaciones. A los hermanos del Temple en otros países se les permitió ingresar a conventos monacales o a otras Órdenes de Caballería como los Hospitalarios o Teutónicos, o en algunos casos, sólo cambiaron de nombre realizando las mismas labores, como en el caso de Portugal donde la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón se convirtió en la Orden de Cristo. Su legado no desapareció con la gran caza que se hizo de ellos.

domingo, 6 de septiembre de 2009

El Aguila y la Serpiente

El Escudo Nacional Mexicano es un símbolo heredado de nuestros ancestros precolombinos, que tiene gran vigencia e importancia en la actualidad, no sólo por su estética, sino por su significado. La historia, o mejor dicho, la leyenda y el mito, nos dice que los aztecas partieron de Aztlán a buscar la tierra prometida, ya que su Dios Supremo, Huitzilopochtli, se le había presentado al sumo sacerdote, Tenoch, y le avisó que debían partir hacia el sur y fundar una gran ciudad que sería su joya. Para encontrar el lugar, la deidad le enviaría una señal: Un águila sobre un nopal devorando una serpiente.

Los valerosos y aguerridos aztecas corrieron a lo largo del territorio hasta llegar a lo que hoy conocemos como el Valle de México. Ahí, en medio del gran lago, había un pequeño peñón donde avistaron la señal de su dios: un águila devorando una serpiente sobre un nopal. Habían llegado a la tierra prometida por la divinidad, y al igual que el pueblo hebreo, tuvieron que luchar contra otras tribus que ya se habían asentado ahí. Finalmente, erigieron su imperio y levantaron una magnífica ciudad sobre las aguas del gran lago, a la que llamaron Tenochtitlán, en honor del profeta que recibió la señal de Huitzilopochtli.Posteriormente, la señal divina de los aztecas se convertiría en un símbolo que reflejaría la identidad del nuevo pueblo, mezcla de hispanos y mesoamericanos, como una nación libre y soberana. Éste se vería utilizado en la bandera nacional por vez primera en abril de 1823, trás la instauración del Congreso Constituyente, aunque tendría varias transformaciones a lo largo del tiempo.

El águila ha sido, no sólo para los mesoamericanos, sino para los pueblos en general, una representación de la fuerza y la libertad, del poder supremo del cielo y la visión sin límites de Dios. Relacionada con el sol, el aire y el fuego, es símbolo de las divinidades de la luz y la vida; nace en el oriente y viaja hacía el occidente donde tiene su ocaso, para renacer de nuevo y luchar contra las fuerzas de la obscuridad y el caos. Para los aztecas, el águila estaba íntimamente relacionada con Huitzilopochtli y era uno de sus emisarios junto con el colibrí y el quetzal.

La serpiente, para el común de los pueblos es representación de la astucia y el conocimiento y también del ciclo infinito del universo. Para las civilizaciones de occidente, es en general, un símbolo de la maldad y el pecado; aunque para los antiguos mesoamericanos era un animal sagrado, al igual que para hindúes y egipcios, y es la representación de las fuerzas tenebrosas, del agua y la tierra, que junto con la luz, el fuego y el aire, conforman el todo, que es el balance. La serpiente es el símbolo de Mixcoatl, de manera solar, y de Coatlicue, como un ente de la tierra.

El nopal simboliza al mundo, el universo, la naturaleza, y el camino de la vida: una senda espinosa por la que atravesaremos momentos de dolor y sufrimiento, para alcanzar finalmente, con trabajo y esfuerzo, la flor y el fruto de la felicidad. Es el escenario sobre él que se lleva a cabo la eterna lucha entre los opuestos, dando como resultado la existencia de todas las cosas. Su fruto, la tuna, representaba el corazón de los hombres. En muchas ilustraciones anteriores a la conquista, aparecía el águila devorando la tuna, el espíritu alimentándose del corazón y alma humanos, mismos que trascendían la ilusión material de Tezcatlipoca, "El Espejo Humeante", dios de la tierra.

La serpiente y el águila juntos son el símbolo de Quetzalcóatl, "Serpiente-Ave hermosa", el Dios del Espíritu y el Verbo viviente de estas tierras. En su lucha, el águila y la serpiente simbolizan el eterno conflicto entre los opuestos: el bien y el mal, la luz y la obscuridad, el orden y el caos; y son un equivalente del yin y yang chino, del conflicto entre Horus y Seth egipcios, de Ormuzd y Ahrimán persas; son la lucha entre Huitzilopochtli (guerra) y Quetzalcóatl (paz). Y aúnados con el nopal, tienen un contenido filosófico y espiritual muy grande, ya que simbolizan la Tríada Divina reflejada en tantas tradiciones religiosas; la Totalidad, que era conocida en mesoamerica como Ometéotl.

A éstos símbolos tan poderosos, se suman otros que han sido agregados con el tiempo, como son la rama de laurel, que simboliza la victoria; y la de encino que representa la fuerza.

El Escudo Nacional Mexicano, es algo más que sólo una imagen bonita, es un símbolo de honor, sabiduría, fortaleza y poder, herencia de nuestro pasado que tiene sus raíces en lo más profundo de nuestra historia, digno y merecedor de respeto y reverencia. Seamos libres y soberanos de nosotros mismos, con nuestras alas y vista en el cielo; seamos astutos y audaces, dueños de nuestra tierra; porque somos, a un mismo tiempo, el águila y la serpiente.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Héroes de México: Ideales de carne y hueso

Todas las naciones del mundo cuentan con sus propios héroes, hombres ilustres que lucharon por sus nobles ideales y que pasaron a la historia como ejemplos a seguir. Ciertamente muchos de ellos han pasado de ser historia a convertirse leyenda y de ahí a transformarse en mito. México no ha sido la excepción. Como pueblo y como nación, poseemos una gran historia llena de tradiciones y costumbres, de mitos y leyendas entre los cuáles figuran diversas figuras de gran relevancia.

En la antigua Grecia, la palabra héroe no tenía que ver mucho con lo que conocemos actualmente como heroismo, que es ser ilustre por las buenas acciones cometidas y la defensa de los ideales; sino que era sinónimo de una persona "fuera de lo común", es decir, que se destacaba del resto por sus acciones históricas, fueran buenas o malas. De ahí que tengamos héroes como el caprichoso Aquiles en la guerra de Troya; al nefasto Minos y sus "tributos" de jóvenes atenienses al minotauro; y al incompetente Faetón llevando el carro del Sol sin saber cómo dirigirlo.

En el caso de México, desde antes de consolidarse como una nación independiente, ya eramos un conjunto de pueblos con gran tradición y contábamos con nuestros propios héroes; después de la conquista y posteriormente con la indepencia y la revolución, tendríamos un enorme compendio de nombres de hombres y mujeres que lucharon por la libertad, la igualdad, la justicia y el bienestar. Como en la mayor parte de los casos, existen miles de héroes cuyos nombres no son recordados por los hombres, pero que trascendieron a la historia por las acciones que realizaron y que, de alguna u otra forma, perduran hasta el presente.

La heroicidad en muchas ocasiones resulta paradójica, tenemos el caso de los héroes Héctor y Aquiles, encontrándose en feroz enfrentamiento; de igual forma tenemos a Cuauhtémoc y Cortés, a Guerrero e Iturbide, a Juárez y Díaz, entre tantos otros. Cada uno de ellos luchando por lo que creía correcto, y porque no, por sus intereses e ideales personales. Muchos de ellos han sido víctimas del maniqueísmo y son considerados héroes ó villanos, sin más. Es por ello que Juárez con todos sus defectos es considerado uno de los grandes hombres de la historia mexicana, en tanto que Santa Anna es el traidor vendepatrias.

Sin embargo, en la historia no hay blancos y negros, sino que se desenvuelve en una escala de grises, llena de matices, luces y sombras. Y esto no significa que no hayamos tenido verdaderas figuras heroícas, porque efectivamente las hemos tenido, pero debemos recordar que ante todo, los héroes son sólo humanos, con virtudes y vicios, aciertos y errores.

Porfirio Díaz y Antonio López de Santa Anna comenzaron como verdaderos héroes de guerra, que lucharon por su nación y la defendieron con valentía, coraje y honor. Pero como dice Joseph Campbell en El Héroe de las mil caras: "El héroe de ayer, será el tirano de mañana a menos que se crucifique a sí mismo hoy". Los héroes, para permanecer como tales, deben mantenerse al margen del poder o morir en él, ya que, de lo contrario, se transforman en aquello que se prometieron destruir. De ahí que el célebre Emiliano Zapata se negará a sentarse en la silla presidencial, porque quienes se sientan ahí se corrompen.

Aunque es también es muy cierto que no sólo tenemos héroes corrompidos y transformados en dictadores, también tenemos hombres ilustrísimos que de verdad han empeñado todas sus fuerzas en salir adelante y ayudar a su nación. Ejemplo más claro no puedo encontrar, que José María Morelos, quien desde el principio luchó por los ideales de independencia y libertad; y quién rechazó el título de Alteza serenísima, a diferencia de Santa Anna que se autodenomino tal, y en vez de eso, se nombró el Siervo de la Nación.

Por nuestras venas corre sangre patriótica, heroíca. Yo disentiría un poco con los antiguos griegos en su definición de héroe, porque héroes son todos aquellos que se esfuerzan y dan lo máximo por ellos y por los demás, no importando el reconocimiento de la historia y los hombres, sino por el simple hecho de ser mejores. De nuestros héroes debemos ver siempre el lado positivo y explotar ése mismo al máximo, porque todos tenemos nuestros defectos, pero sólo la virtud es digna de exaltarse.

Hay que tomar la determinación de Hidalgo, la inteligencia de Díaz, la serenidad de Juárez, la astucia de Santa Anna, el coraje de Guerrero, el espíritu liberador de Morelos y las ideas libertarias de Zapata, entre muchas otras virtudes que estaban inmersas en estos personajes. Sus acciones desafortunada o afortunadamente han forjado lo que somos el día de hoy como nación.

Pero no se trata simplemente de ver los monumentos y mirar al pasado, sino de fijar la vista en el presente y actuar con los altos ideales con que lucharon en ayer, para que el día de mañana podamos contemplar el fruto de la virtud. Porque los hombres pueden morir, pero los ideales jamás. Los sueños mueren hasta que se hacen realidad. Los héroes habrán muerto, pero su esencia permanece en nosotros, y es nuestro deber el hacer realidad aquello por lo que murieron, para vivir dignamente.

Actualmente pasamos por tiempos de adversidad, tanto en nuestro país como en el mundo entero, y es importante que no nos quedemos como observadores absurdos que ven el trágico final sin hacer nada, sino llenarnos de las virtudes de nuestros héroes de antaño, invocar su valor, coraje, sabiduría, justicia, integridad y verdad; para salvar nuestras vidas y nuestra nación, y hacer que sean dignas de vivir, merecedoras de remembranza, y entonces, seremos héroes de México.